sábado, 3 de setembro de 2022

Livro do Desassossego - Bernardo Soares (apreciação de Antonio Muñoz Molina)

El libro sin sosiego

Entre los variados aniversarios de este 2022 hay uno que no debería pasar inadvertido. Hace cuarenta años se publicó en Lisboa la primera edición del Livro do Desassossego, uno de los muchos proyectos literarios que Fernando Pessoa nunca abandonaba y nunca terminaba, y del que a su muerte quedó apenas un sobre con ese título escrito a mano, y un puñado de borradores y fragmentos dispersos, muchas veces garabateados con letra muy difícil en los reversos de cartas comerciales, en cuartillas mecanografiadas, en hojas sueltas con el membrete de un café o de una pastelería. “Fragmentos, fragmentos, fragmentos”, se había quejado Pessoa en una carta a un amigo, en 1914, en la época a la que corresponden las primeras anotaciones destinadas al libro. Aquella primera edición de 1982 era un prodigio de filología y de constancia, culminado al cabo de veinte años de trabajo en el baúl sin fondo de los manuscritos de Pessoa. En 1984, el poeta, traductor y admirable humanista que fue Ángel Crespo tradujo el libro al español, pero en vez de seguir con fidelidad la edición portuguesa estableció una distinta que aclaraba la lectura al sugerir un orden narrativo menos errático y depurar al máximo la unidad tonal de los fragmentos, vinculándolos más firmemente, en la medida de lo posible, a la voz de su personaje central, y casi único, Bernardo Soares, contable auxiliar en una empresa comercial de Lisboa.

Fue en esa edición de Ángel Crespo que publicó Seix Barral, con el retrato anguloso de Almada Negreiros en la portada, en la que muchos descubrimos la prosa del Libro del desasosiego, dejándonos llevar por esa voz que parece murmurar al oído de cada uno y que también parece estar hablando para nadie, en la soledad de una conciencia que apenas se comunica con el mundo exterior, tan enclaustrada en sí misma como el propio Bernardo Soares en su oficina de la Rua dos Douradores, en la Baixa de Lisboa, y en su habitación alquilada en un cuarto piso de esa misma calle, que para nosotros es tan real y tan imaginaria como la calle Eccless de Dublín, o como la Baker Street de Londres en la que tantos aficionados buscan en vano el 221B en el que se alojaban Sherlock Holmes y el doctor Watson.

Bernardo Soares pertenece tan integralmente a Lisboa como Leopold Bloom a Dublín o como Sherlock Holmes a Londres, como el comisario Maigret a París. Fernando Pessoa tenía una ambición literaria tan desmedida como Joyce —construir con la literatura una conciencia nacional que fuera universal a la vez— y se deleitaba leyendo ficciones policiales, y hasta en ocasiones inventándolas, pero las obras maestras con las que soñaba tan laboriosamente nunca llegaron a cuajar, por una especie de maleficio que tenía mucho que ver con su personalidad dubitativa y errante, y con su recelo íntimo hacia lo acabado, lo ya hecho, lo definitivo. Su primer biógrafo, que fue también amigo y discipulo suyo, João Gaspar Simões, recordaba con pena la ansiedad de Pessoa en sus últimos años, ya enfermo y muy gastado por el alcohol, su propósito angustiado de encontrar el tiempo y la calma necesarios para reunir y completar libros de poemas, para revisar los manuscritos y los fragmentos publicados aquí y allá del Libro del desasosiego. Pero le faltaba tiempo, lo agobiaban sus trabajos mal pagados de traductor de cartas comerciales, se le iban las tardes charlando y escuchando en silencio en su mesa habitual del Martinho da Arcada, o elaborando cartas astrales, y su dependencia del alcohol era cada vez más dañina para su salud y su entendimiento. Escribe Gaspar Simões: “Miraba fijo a las personas con ojos atentos, pero desasosegados, como quien hace un esfuerzo para ver el mundo exterior”.

Cómo no va uno a lamentar la frustración de un escritor que sabe que deja tras de sí un libro malogrado, que ha llevado consigo durante gran parte de su vida y al que sin embargo no ha sido capaz de darle la forma que merecía. “Donde hay forma hay alma”, dice telegráficamente Bernardo Soares. Pero el lector del libro, el que se ha ido habituando a él en virtud de esa propiedad adictiva que tiene a veces la literatura, el que lo ha dejado y ha vuelto a lo largo de los años, en ediciones distintas, acaba sospechando que para un libro así no había otra forma posible. Sólo al quedar malogrado alcanza su culminación. Solo esa secuencia cambiante de “fragmentos, fragmentos, fragmentos”, transmite la cualidad peculiar de lo que existe plenamente sin encontrar reposo, lo que sucede en la transmutación constante de las cosas, de los estados de ánimo, de las impresiones de la conciencia, de la vida de la ciudad, del acto mismo de escribir.

No puede haber forma definitiva para un libro así. Perfecto Cuadrado lo volvió a traducir al español para Acantilado en 2002, a partir de una nueva edición portuguesa, esta vez de Richard Zenith, que es la que yo tengo ahora, ya muy usada y subrayada, en formato de bolsillo, lo cual me permite llevarla muchas veces conmigo, ventaja crucial en esta clase de libros errantes, que se instalan tan bien en el escritorio y en la mesa de noche, pero que parecen más favorables todavía cuando uno los lleva en la mochila en sus caminatas por las mismas ciudades que describen. La traducción al inglés del propio Richard Zenith es una de las fértiles mutaciones posibles de este libro que no tuvo punto final en la vida de su autor ni parece tenerlo en su posteridad incesante. Otra edición a cargo de Jerónimo Pizarro y traducida por Antonio Sáez Delgado, la publicó Pre-Textos en 2014. El libro inacabado revive en cada traducción y en cada nueva lectura. Para quien va aprendiendo portugués, quien se esforzó primero en leerlo con la ayuda frecuente de un diccionario, el progreso en el conocimiento de la lengua va añadiendo profundidad y matices a su lectura del libro. Y a medida que uno conoce mejor el libro y la ciudad, más se da cuenta del grado de compenetración que existe entre el uno y la otra. El Libro del desasosiego exaspera muchas veces por la insistencia de Pessoa, y de Bernardo Soares, en su lejanía de las cosas y de los seres humanos, en su morbosa obsesión de sí mismo. Pero de pronto abre los ojos a la vida de la gente común en la calle o al prodigio cotidiano del relumbrar del sol en el empedrado como en un espejo después de la lluvia y toda su distancia nebulosa se convierte en una celebración de lo real.*

Montevideo - Enrique Vila-Matas (para ler)

El lugar exacto en el que irrompe el fantástico 

Estamos de nuevo ante el mejor Vila-Matas. Si no te gusta una novela como Montevideo, entonces es bastante probable que, simplesmente, no te guste la literatura!

Juan Marqués, El mundo Nacional - La leitura, 2 de setembro de 2022

La literatura no es un dios circunspecto ante el que hay que arrodillarse, extasiados, con una actitud reverencial y arrobada. La literatura es más bien un dios burlón que agradece que se le afrente un poco, que sólo está a gusto cuando alguien juega a conciencia con él. Perderle el respeto a la literatura es el mejor modo de demostrar que uno se la toma en serio, y ésta es una lección que Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) asumió muy pronto de sus maestros, una pléyade de autores a los que, remotos o recientes, ha ido citando y homenajeando constantemente en sus libros.

En su nueva novela, Montevideo, el escritor lamenta « la imposibilidad de describir en el papel la intensidad sin límites de una alegría personal», pero lo cierto es que esa instintiva alegría intelectual no sólo se nota, sino que viene multiplicada por el punto de partida, tan aparentemente serio, casi trágico (pero en realidad, por supuesto, autoirónico), de su escritura.

Buena parte de la literatura contemporánea ha renunciado, sin ni siquiera darse cuenta, al deber esencial de divertir, y por ello es reconfortante que un autor como Vila-Matas, tan consagrado y tan «ecuménico», tan unánimemente aplaudido, haga del regocijo del lector su principal objetivo, sin por ello descuidar la máxima autoexigencia. Tras muchos años y varios libros en los que se había extraviado un tanto en un experimentalismo en el que ya no se reconocían plenamente su firma o su mirada, sino que llevaba la narrativa a extremos tal vez comprometidos, en Montevideo regresa de golpe a su esencia literaria, aquella que nos atrapó para siempre en los años noventa y que lo convirtió para mi generación no ya en uno de nuestros escritores preferidos, sino en un autor inaugural, alguien que, por hacer una broma con un leitmotiv del nuevo libro, no dejaba de descubrirnos puertas secretas, de obligarnos a pensar y vivir los textos de otras maneras, y de defender la autonomía radical de la literatura. Ya lo dijo el escritor en El viento ligero en Parma (Sexto Piso, 2008): «Quienes hoy en día siguen creyendo que hay que subordinar la narración a objetivos extraliterarios merecen que se les declare la guerra: guerra total contra una literatura que no confía en sí misma».

Golosamente errática, y desde su eufónico título, Montevideo (que «era una ciudad, pero también un estado de ánimo, una forma de vivir en paz fuera del convulso centro del mundo») busca una belleza extraña en la digresión, en la acumulación, en cierta improvisación lúcida. Pequeñas secuencias narrativas, a menudo meramente anecdóticas, dan lugar a otras que se van complicando y que

UNA PUERTA QUE DA A CORTÁZAR

Aunque el protagonista de ‘Montevideo’ declara no ser cortazariano en un par de momentos, es el cuento ‘La puerta condenada’ (incluido en ‘Final del juego’) lo que, tras el formidable ‘introito’ de París, revitaliza la novela y saca a su personaje del bloqueo que sufría. La obsesión por examinar la habitación 205 del hotel Cervantes de Montevideo, donde transcurre ese cuento, hace que todo se acelere, se ilumine y se eleve al cabo conforman una novela redonda, en el sentido de circular, pero sobre todo en el de impecable. El libro está lleno de observaciones, malentendidos y bromas que tal vez, en algunos casos, no van a ningún lado, pero que tienen muchísima gracia, y que, si se miran bien, contienen una enorme sabiduría que no afecta solo a la literatura, pues apuntan a un modo juguetón, creativo y distinto de afrontar la vida.

Es algo que estaba en el programa fundacional de muchas vanguardias, a las que tanto debe Vila-Matas: no se dice del arte nada que no se diga de la propia vida, y ésta es, de hecho, la principal creación: la realidad es el marco donde desplegarse o, mejor, el marco que desbordar, y así podrá surgir un modo activo, atento, insolente y crítico de vivir. La vida es la realidad cuando despierta, cuando mira alrededor para establecer, como aquí, correspondencias estimulantes y arañar significados nuevos.

Con el estilo de París no se acaba nunca y la frondosidad metaliteraria de Bartleby y compañía ( libro contra el que se arremete hasta casi el repudio en Montevideo) o El mal de Montano, más algún tema de los libros recientes, como Kassel no invita a la lógica, Vila-Matas nos devuelve a sí mismo, su mejor versión, un disparate que se va haciendo muy juicioso, un misterio que no lleva a ninguna respuesta sino a una gran celebración, y una lección literaria que insiste en que «no puede entenderse el adentro con la lógica del afuera».

Montevideo es todo un festival, el mejor Vila-Matas en mucho tiempo. Hay muchos modos de entender y de leer las cosas, pero si no te gusta una novela como ésta, si adentrándote en ella no sientes que estás accediendo al corazón de algo importante o cuando menos pertinente, no pasa nada, pero entonces es bastante probable que, simplemente, no te guste la variante más libre y desatada de la literatura.