sexta-feira, 20 de dezembro de 2019

El hombre sentimental - Javier Marías



Hörbiger

Nunca llegaré a extremos como los de Hörbiger, que aunque interviniera en Madrid hace cuatro temporadas en el papel de Otello, cantaba sobre todo a Wagner, y sobre todo Tristan y Tannhäuser dentro de Wagner. En los últimos años de su carrera alardeaba de sus proprias excentridades, y contava muy ufano que precisaba dormir once horas, cambiarse de ropa cuatro veces diarias, bañarse tres y hacer dos el amor para sentírse mínimamente a gusto.

Pero su verdadera manía y su verdadero drama era que no podía salir a escena si veía, oculto tras el telón un minuto antes del inicio de la representación, que había una sola buraca sin ocupar. Hörbiger obligaba a los empresarios a alzar el telón cinco, siete, diez, doce y hasta quince minutos más tarde de la hora programada a fin de dar tiempo a los rezagados y poder así ver colmados el patio de butacas y los palcos. Hörbiger tenía por costumbre insistirnos incansable y groseramente a los demás cantantes y al director de orchestra para que nos cercioráramos de que entregábamos las invitaciones a personas que no dejarían de acudir bajo ningún concepto o cuidarían de que alguien fieira en su lugar. Y, no contento con esto, exigía a los empresarios que tuvieran en los pasillos del teatro a no menos de una quincena de empregados o contratados que en caso de apuro, y si tras el cuarto de hora de aplazamiento aún quedaram sitios vacíos, pudieran irrumpir en la sala y eliminar las lagunas sin dilación. El drama de Hörbiger se fue agravando más cada temporada, pues tras haber sido un auténtico genio en su juventud y un artista de inconmensurable talento en su madurez, durante los últimos años fue perdendo a marchas forzadas la voz y el arte, y a cada representación que daba atraía a menos público, con lo que poco a poco iba ampliando el plazo de admisión de los rezagados (los cuales, por su parte, ya conocedores de la manía de Hörbiger y reacios a participar de la consabida espera, llegaban cada vez más tarde, cerrando así el círculo vicioso) e incrementando el número de empleados o contratados que debían estar listas para intervenir y ocupar a una orden los asientos irremediablemente desocupados.

En sus últimas actuaciones cuentan sus compañeros de reparto que más de la mitad del aforo estuvo ocupado no sólo por falsos aficionados o gañanes alquilados y por los contados espectadores de los anfiteatros e los que se invitó a bajar para enfurecimiento de quienes habían pagado los precios más altos, sino por los propios acomodadores, porteros, encargadas del guardarropa, mujeres de la limpieza y aún taquilleras, cuyo concurso se hizo tan necessario y urgente que ni siquiera les dio tiempo a sustituir sus uniformes, batas y trajes de faena por algo más presentable. Un día, en Munich, no lejos del escenario estival de sus mayores triunfos wagnerianos, el gran Hörbiger puso punto final a su increíble carrera de manera tan consecuente como inesperada: cuando, ya cuarenta y cinco minutos después de la hora señalada para el comienzo del Otello de Verdi, asomó una vez más su ojo enrojecido por la abertura del telón y, con la ayuda del pequeño telescopio japonés del que a veces se valía para inspeccionar las salas de más vastas proporciones, divisó con horror un hueco en la fila antepenúltima, justo al lado del pasillo lateral derecho, en todo el teatro resonó una nota agudísima que nadie ha podido nunca repetir y para la que la palabra gemido - cuentan - es una pobre definición. Supongo que ese postrer e irredento asiento vacío acabó de trastornarle el ya muy alterado juicio, pues lo cierto es que, disfrazado como estaba de Otello, con la cara pintada de negro, la peluca abundante y rizada, los ojos y los labios agrandados por el maquillaje, el pendiente en la oreja y el telescopio en la mano, el grandioso Hörbiger salió a escena, descendió hasta el patio de butacas, lo atravesó con paso decidido ante el asombro del público ya encrespado, y se sentó en aquella única butaca acusadora, completando de este modo el aforo que había sido su perdición. Cuando el director de la orquesta en persona fue a buscarlo y con buenas palabras, con mucho tacto, trató de hacerle comprender que debía volver al escenario para iniciar la representación y le aseguró que se saldría de inmediato a la calle a invitar a cualquier transeúnte para que ocupara su lugar, Hörbiger, totalmente enajenado y sin reconocer a su antiguo compañero, empezó a gritar que él había pagado su entrada para ver y oír al divino y que en modo alguno abandonaría su puesto ni cedería a un intruso su localidad, conseguida con tanta fatiga tras ahorrar durante meses y hacer cola durante días ante las taquillas de aquel teatro intolerable. Y ya era más que hora, chilló indignado, de que se acabara la burla y empezara la función. Sus colegas Iago, Casio, Roderigo y Montano no tuvieron más remedio que arrancarlo por la fuerza, en medio del amotinamiento del público, de aquella butaca tan lejana y lateral. Desde entonces Hörbiger no ha vuelto a actuar. No sé dónde está ahora, y prefiero no imaginármelo, porque temo que sea en algún lugar donde tal vez le animen a dormir sus once horas indispensables y le permitan bañarse y cambiarse de ropa cuántas veces desee, pero en el que quizá le resulte difícil hacer dos el amor.

El hombre sentimental - Javier Marías
O narrador diz que os seus sonhos são cansativos porque acorda sempre antes de terminarem.
Conta que sonhou com 3 rostos, que viu realmente, há quatro anos, numa viagem de comboio: um homem que sentado à sua frente parece observar a paisagem, contudo observa apenas a sua imagem espelhada no vidro da janela; um outro, sentado diagonalmente, que olha sempre em frente; uma mulher sentada entre os dois homens cujo rosto apenas consegue ver quando o comboio dá uma guinada e o cabelo que lhe tapava o rosto se agita: parece aflita por algum motivo!

Num sonho, diz a uma mulher que se deve viver uma vida rica para se ter uma morte digna. E ela faz parte dessa vida e deverá assistir à sua morte.

A solidão do narrador enquanto famoso cantor de ópera: igual à dos caixeiros-viajantes, sempre de cidade em cidade e de hotel em hotel.

O narrador, conhecido por Leon de Nápoles, esteve há 4 anos, em Madrid, para cantar o Cassio, no Otello, de Verdi.
A dificuldade de distinguir o que sonhou e o que sucedeu. 
Em sonhos apenas, é capaz de cantar Wagner.

Numa noite, no hotel conhece Dato, o acompanhante de Natalia, esposa de Manur, banqueiro e empresário de Bruxelas.
O cantor vivia há um ano com Berta.

Dato, por obrigação, e Natalia assistem aos ensaios de Leon. Quando ele parava, Dato ia fumar e Natalia juntava-se a Leon, numa certa proximidade. Aqueles foram dias extraordinários. Pela primeira vez, León não se sentiu só ou triste numa grande cidade. E durante dias saíam os três. Uma noite, conheceu Manur. Foi uma das 3 ou 4 vezes que o viu. E desejou aniquilá-lo.

Há 3 semanas, o marido de Berta escreveu a Leon a dizer que ela tinha morrido na sequência de uma queda nas escadas, quando carregava livros que Leon lhe tinha deixado e que ela lia avidamente. A Leon, tal morte afigura-se indiferente.

Leon receia que seja para Natália apenas um substituto do irmão que lhe fazia companhia por Madrid antes de ir para Nova Iorque.
Depois imagina o que acontece quando Natalia vai com o marido para o quarto de hotel, ao fim do dia, durante toda a semana em que saiu com ela e com Dato, durante o dia.

Conta a Natalia a infância e juventude controlada pelo tio que o criou depois da morte da mãe e ela diz-lhe, mais tarde, que esses seus relatos a atraíram por serem parecidos com a vida que ela leva com Manur.
Leon descreve a relação com Berta, mulher bela e interessante, mas que já não o motiva. Recorre por vezes a prostitutas. 
Nesse dia Manur está mais desejável: Leon observa o início dos seios dela, pela primeira vez. Deseja tanto Natalia que lhe liga para o quarto, mas como quem atende é Manur, ele desliga e contrata uma prostituta, Paulina, com quem não faz sexo, porque só quer é conversar para se acalmar.

Manur confronta Leon na manhã seguinte e diz-lhe que não deve ousar querer mais do que a simples amizade com Natalia.

Natalia troca Manur por Leon: Natalia acaba por se farta de Leon e parte.

Dicotomia: amor ideal requerido por Namur ou real tido por Leon!